De los versos que escribí

Hace algunos años atrás conocí a un personaje muy peculiar; de baja estatura, prominente abdomen y notable alopecia, pudiendo ser indistinguible para la mayoría de los habitantes de este rincón, salvo por dos grandes y notorios rasgos: su notable “aire” europeo” resaltado por sus características caucásicas, su más que notable acento español, el aroma desconocido a fragancia mediterránea, muy propio de las costumbres que por allá se habitúan, y la común capacidad de sorpresa y goce propios de un turista. Omitiré mencionar su nombre, sólo su sobrenombre o mote daré a entender: Le decían “El Sinca” (diminutivo de sin- cabeza, correspondiente de loco, orate, chiflado). Como buen ejecutor de la profesión médica, prefería que le dijeran simplemente “doctor”. Este variopinto personaje gustaba de la poesía improvisada, en particular de los versos que su servidor gustaba dedicar a cuanta bella dama se nos cruzara por delante. Lo conocí en un encuentro de tunas y estudiantinas, hace cerca de cuatro años, en la ciudad de Iquique. Me gusta recordar este encuentro por los divertidos acontecimientos que tuve el placer de protagonizar. El tenorio que alguna vez fui me hace reír aún ahora, y por esa faceta ya olvidada tuve que pasar por algunos percances medianamente peligrosos y absurdos a la vez, en los cuales mis traicioneros versos fueron los que me jugaron mal. En esa ocasión, hicieron que tuviera que hacer uno y mil malabares para poder galantear a dos bellas damiselas, de las que finalmente tuve que huir antes de que reclamaran su honra y mi hombría. Así y con todo, logré entablar amistad con mi camarada de rondas, el “Sinca”. Pase un día entero haciendo versos a cuanta bella fémina se cruzara por nuestro camino, no sin casi recibir una que otra bofetada, que inmediatamente se suavizaba al escuchar los románticos y tiernos versos que inventaba. Ya cercano el atardecer, volvimos a nuestro cubil, donde encontramos a nuestros compañeros de rondas disfrutando del bienhabido fermento, entre ellos al tuno “Popeye”. Elogiando luego los versos profanos y proferidos, adoptamos la actitud de los allí presentes, uniéndonos a las bandurrias, guitarras, panderos y aguardientes varias, que ya lanzaban al aire versos, canciones y alegría, muy bien acostumbrados en estos grandiosos encuentros.

De la reflexión siguiente

No me sentí ningún Bécquer o Lorca o algún otro personaje al escuchar la aprobación de tan prestigiosa figura como lo es el “Sinca”, pero luego de reflexionar sobre ello, di cuenta del extraordinario talento innato que posee el chileno en lo que es en sí el género lírico. En Chile nacen poetas cada momento, Está en nuestra sangre, en nuestro acento y en nuestra historia.

Nuestro país nace con versos, aún antes que se llamara Chile (nombre que nace del cantar de un ave) llegan a nuestro pequeño rincón poetas alabando su exótico, pero inspirador deseo de lucha. Un deseo que se vio incrementado por conflictos y guerras a lo largo de nuestra historia. Nace el verso de nuestro acento, “cantado” como dicen muchos. Aparece en las ocurrencias del obrero al piropear cuanta belleza se cruce por delante, usando recursos literarios propios de un artista. Vivimos metafórica y comparativamente entre versos, entre estrofas de rosarios de palabras inventadas, de diversos dialectos que nacen del costumbrismo de las clases sociales. La lírica es precisamente eso: Expresar, mediante frases cortas, una emoción o un sentimiento relativo a nuestras vivencias: “Pa’ que voy a ir al doctor / si después me voya volver a enfirmar”; “ Ayer pase por tu casa / etc...; “Su mamita debió ser pastelera / para poder hacer ese bomboncito”; el muy conocido “me gusta cuando callas / porque estas como ausente / etc...”. Incluso los sobrenombres, muy habituales y que reflejan nuestra preferencia por entregar una función más bien poética o simbólica a nuestras acciones que una función informativa.

Así con todo, el ser poeta en esta tierra dista mucho de ser alguien destacado. Quizá sea porque nosotros mismos nos desvalorizamos, quizás sea por nuestro simple anhelo de ser algo diferente a lo que somos. Hemos sido invadidos por ideas que nos dicen que todo afuera de este país es mejor, y que no existe cabida para nosotros en este país. Es afuera donde a nuestros talentos los valoran por lo que son, donde la diferencia de tonalidades al comunicarse, la picardía propia de un chileno en un piropo no existe en lo absoluto y en el que humildes pero destacados compatriotas han triunfado. Quizá estemos cansados de nuestra propia cultura, envenenada por ideologías que no son las nuestras, que el verso mismo chileno ha derivado en internacionalizaciones pobres en originalidad, monótonas y aburridos ritmos que desarticulan la idiosincrasia. Aún quedan reductos del verso chileno: en el obrero, en el campesino, en el mismo araucano y el aymara; en el piropo, la picardía y el desenfado del chileno, permanecen latentes, presentes como lo es el espíritu de lucha en nuestro patriota y valiente roto.
Mientras permanezca el verso en nuestro diario vivir, aún podemos decir que somos chilenos.