Luego de leer “Romeo y Julieta”, autor ya conocido, imaginé que la mayor tragedia que pudiera suceder en la vida de una persona es perder la capacidad de amar. Ya mas maduro, experimentado y analizando desde otra perspectiva el problema, di con que no era la pérdida de esta capacidad, sino la pérdida de la esperanza de amar lo que es verdaderamente desgarrador. La juglaría, ya sea para bien de algunos o maldades de otros ha sido el pilar, el atlas sobrehumano que ha sostenido esta esperanza a lo largo de los tiempos, con la cual todos vivimos, de una u otra manera. Don Juan Tenorio la malvivió durante su juventud, y luego en su vejez dio cuenta de su error, perdiendo su antigua vida. El Arcipreste de Hita se reconoce enamorado, sin saber que su amor imposible se tornaría realidad, para luego perderlo de manera definitiva en manos de Don Gil, el arzobispo de Toledo.

Manrique muere de soledad, enamorado de una ilusión. ICARO muere por amor a su ambición. Extraña suerte tuvo Segismundo, porque de un sueño estaba enamorado, y su sueño en realidad se torna al salir de su prisión y como rey coronarse. En la ficción, todos mueren por desesperanza, porque se ansía más de lo que pueden tener. Sólo en ciertas ocasiones y por capricho del autor o por un traspié del destino (y teniendo en cuenta que dos errores sucesivos producen un acierto en la teoría), un milagro se puede dar a lugar y la ficción tiende a la realidad, haciendo renacer la esperanza en el amor: La esencia del juglar. Es exactamente esta combinación que hace de lo imposible una realidad lo que caracteriza a las historias picarescas, de tragedia y de comedia de los defensores de la juglaría.

“(...) Una vez, ante un médico famoso
Llegose un hombre de mirar sombrío.
Sufro – le dijo – una mal tan espantoso
Como la palidez del rostro mío.
Nada me causa encanto ni atractivo,
En un eterno esplín muriendo vivo
Y es mi única pasión la de la muerte (...)”

Reír Llorando
Juan de Dios Peza (mexicano)

Un Domingo de reencuentro

Llegose el día de parche. Una tarde de domingo en verano, los intérpretes vestidos de negro de pies a cabeza se dirigían (con la gracia de la benevolencia y la cordura, libres de las tan apreciadas capas de grueso paño) rumbo hacia la costa inmediata y diametralmente opuesta a nuestra “alma mater”, Playa Ancha. Un viaje que es cercano a los sesenta minutos, encerrados en un bus cuyas ventanas permanentemente clausuradas nos otorgaban los antiguos “placeres” de Turquía y alrededores. Un viaje que a veces parecía de dos horas, y se convertía en una agradable brisa cuando llegábamos a nuestro destino. Seguimos nuestra ruta habitual, a veces marcada por alguna que otra serenata, cuando el objetivo era meritorio, ya sea la envidiable belleza femenina o el avaricioso “Pecunio”, para luego continuar con nuestra rutina de fin de semana. Es de muchos felices hidalgos el considerar el hecho de que el negro trae la desventura o la muerte, creencias que procuramos no propagar. Sin embargo, la superstición pesa a veces más que la razón, y los locatarios, con la excusa de una sala repleta a mas no poder, nos evaden con ademanes negativos y rosarios de bendiciones. Existen para nuestra suerte, gentes cuerdas y sapientes que solicitan nuestra presencia y nuestro cantar, a veces incluso sabios y muy vivaces dueños de locales. Por supuesto, no es costumbre de juglares desatender un llamado, especialmente si la invitación es de algún personaje de notorio bien y propiedad. No es que nos importe la condición social, pero una moneda bien recibida mejora su condición cuando está acompañada de un sencillo billete de buen curso legal. Entre mesas y saltos de los panderetistas, a veces se encuentran algunas sorpresas, como cuando la suerte acompaña a tan fiel tenorio y descubre una coqueta sonrisa de alguna agraciada señorita, o cuando la multitud celebra espontánea la caída del bailarín y su pandero (o alguna nota del acordeón, cual venga primero). Pero a veces, cuando la luna brilla y los ánimos se levantan, y los grillos cantan y el tiempo parece eterno, los santos juglares y diablos tunos hacen tregua y se hacen presentes, y el aura mística de la tuna brilla con fuerza.

No era más que otra pareja sentada, común escena de nuestros parches, que comenzamos a rondar al final de nuestro camino. Primero fueron las miradas que se entregaban, luego la emoción de ambos nos llevó a tocar las fibras del corazón con una ronda, canción que llama a la noche (aun si es de día), a la luna y su velo de plata y marfil.

Terminado nuestro acto en tan apreciado establecimiento, nuestro Tuno “Niño” es llamado por la pareja, y luego de ser objeto de su mensaje, le entrega un generoso bono de agradecimiento.

Luego, al ser consultado por aquella interrupción, nuestro buen miembro nos informa que la pareja a la cual estábamos rondando, estaba realizando los trámites de divorcio, y lo que se supone era una comida formal, se convirtió en un reencuentro, y en la dicha de dos personas que ayudados por un santo patrono de nuestra devoción, volvió a encontrar la esperanza.
Es así que la suerte no nos acompaña a todos (no todos tenemos la suerte de Segismundo), pero siempre debe existir la juglaría, y para ello recorremos cualquier distancia, por muy extrema que parezca para entregar (y no recibir) buenos sentimientos, alegría y un poco de picardía como especia o condimento. La mística aura aparece de forma caprichosa, cual Sino nos entrega en forma frecuente muy escasa recompensa, para recordarnos quizás cual es nuestra misión, y que nuestra verdadera ganancia es conservar la esperanza en el amor que reside en cada uno de nosotros.

GRACIAS SAN MACHETAZO, POR FAVOR CONCEDIDO